30 de maig de 2006
Teatre Xesc Forteza (Palma)
Country contemporáneo, oscuro, sombrío y misterioso. El trío canadiense ELLIOT BROOD grabó "Ambassador" durante tres días y tres noches, en un matadero abandonado. Si alguna vez pensaste cómo sonaría un proyecto paralelo de Bob Dylan, Kurt Cobain y un banjo, aquí tienes la respuesta.
"El banjo más afilado del indie mientras sientes caer la noche en los bosques canadienses y dejas de llorar por 16 Horsepower"
Lo afirmamos ya: "Ambassador" de Elliott Brood, es el disco que los barbudos buscadores de oro elegirán como el mejor del año 2006. Bienvenidos a esta fabulosa new country experience, oscura, misteriosa y sincera, grabada en el frío invierno canadiense durante tres días y tres noches en un matadero abandonado. Ponte en situación: lo que te parecen baterías puede que sean maletas golpeadas con baquetas, y ese extraño eco es cosa del hueco de la escalera del sótano y de las furgonetas desguazadas que alguien se dejó donde añoos atrás mataban a las vacas. Si alguna vez pensaste cómo sonaría un proyecto paralelo de Bob Dylan, Kurt Cobain y un banjo, la respuesta la tienes delante.
No busques a ningún Elliott en esta banda, es un trío de Toronto (Canadá) formado por Casey Laforet (piano, lap steel, voces), Stephen Pitkin (maletas, batería, voces) y Mark Sasso (banjo, guitarra, voces). Es el banjo el encargado de encabezar este desfile de historias de perdedores dignos del Ejército de Salvación, y pocas veces este instrumento ha sonado en los últimos años tan amenazante. Puede que sólo en manos de 16 Horsepower. Esa banda y Tom Waits (éste sobre todo en la primera mitad del disco) son dos buenas opciones para hacer comparaciones con Elliott Brood, si eres de los que juegas a ese juego. Porque estos canadienses, igual que el grupo que lideraba Dave Eugene Edwards y que Waits, consiguen evocar -mientras le inyectan sangre muy fresca, aquíy ahora- todo lo sombrío, sobrenatural y oxidado de la vieja Norteamérica. Aquel mundo de trenes solitarios con chimeneas de humo, de vals lento y tiroteo rápido, de manos mordidas por serpientes de cascabel y de pies lavándose en ríos helados.
Las voces las suben al límite, en armonías que se antojan como el resuello de The Band. O las arrastran como si tirase de ellas alguna resaca de whiskey ilegal. Quien lleva la voz más cantante es Casey Laforet, que te recordará (otra comparación) a la de Ben Ottewell, del grupo Gomez. También al rasposo Rod Stewart de principios de los 70, pero con "Maggie May" envuelta en algún crimen sangriento o huyendo de la ley. Porque en las canciones de Elliott Brood siempre sobrevuela una sensación de suspense, de peligro inminente, como si vieras solo en casa una película en un idioma extranjero que no conoces y sin subtítulos, y tuvieras muy presente la sensación de que algo malo va a ocurrirle al protagonista, pero no sabes qué será ni cuando pasará.
La banda se formó en 2002 y debutó discográficamente en 2004 con el EP "Tin Type". Desde entonces su punzante mezcla de bluegrass aullador, gravilla folk e imágenes de pérdida amorosa y elegías a mitos colectivos ha dado forma a una galaxia extraña y sin un equivalente claro en el country alternativo (pero si quieres espejos donde reflejarlos, ahí van: el disco acústico de 1992 de Uncle Tupelo; las primeras reencarnaciones de Palace Brothers, pero con otra urgencia, el Conor Oberts que hace dúos con Emmylou Harris, sin toque femenino)
Elliott Brood son la antítesis de la americana ñoña, a la que disparan entre los ojos con una bala atemporal sacada de la canana de Harry Smith. No has de ser buscador de oro para saber que aquí tienes un disco de dieciocho quilates.